
Gestionando mis emociones en situaciones difíciles
¿Te has encontrado en situaciones difíciles, en donde no conseguiste controlar tus emociones?
¿Consideras que en los tiempos difíciles tus emociones se disparan y no sabes cómo detenerlas?
¿Tus emociones te han “jugado una mala pasada” en los momentos en donde requerías mantener la calma para tomar decisiones acertadas?
¿En los momentos críticos te has dejado llevar por tus emociones y luego te arrepentiste de las consecuencias?
Si la respuesta es afirmativa, al menos a una de las preguntas realizadas, entonces es muy importante que conozcas todo sobre tus emociones y te prepares para gestionarlas adecuadamente en los momentos más difíciles o críticos.
Iniciaremos señalando que el ser humano constituye una unidad integral biológica, psicológica, social y espiritual, con interconexión e interdependencia de dichos componentes. A nivel biológico, reconocemos nuestra estructura corporal y genética, que nos provee, entre otros, de fuerza y resistencia. A nivel psicológico, contamos con una personalidad conformada por pensamientos, emociones y conductas. Respecto al componente social, somos conscientes de que vivimos en relación con los demás, a través de sus diversas formas. Finalmente, dentro del componente espiritual encontramos la dimensión trascendental de nuestro ser, que provee de sentido a nuestra vida.
Conociendo y comprendiendo la complejidad de nuestro ser, es importante considerar que la afectación de un componente tiene repercusión en todos los demás, por ejemplo: Contraer una enfermedad física impacta en nuestras emociones, desde que recibimos la noticia o nos encontramos padeciendo los síntomas, pudiendo experimentar tristeza, molestia o angustia, tendiendo a retraernos socialmente, centrándonos en el padecimiento y sus consecuencias, lo cual hace difícil apreciar fuera de nosotros mismos, preocuparnos por los demás o encontrar un sentido a nuestra vida.
Con relación al componente emocional, de acuerdo con el psicólogo Paul Ekman, pionero en el estudio de las emociones y su expresión facial, existen seis (6) emociones humanas básicas y universales, que son la alegría, ira, miedo, asco, sorpresa y tristeza. Su presencia resulta altamente beneficiosa para el organismo, siendo que lo activa para la acción, permitiendo la supervivencia.
Por ejemplo, si nos encontramos frente a un animal furioso, nos invade la emoción del miedo y con ello inmediatamente el cuerpo se activa, nuestros músculos se tensan, con el objetivo de contar con la fortaleza física para huir o luchar, el corazón bombea más rápido para disponer de sangre a las piernas y brazos; la respiración se hace más rápida para contar con mayor oxígeno; las pupilas se dilatan a fin de percibir con mayor detalle el exterior, la temperatura se incrementa y por ello el cuerpo transpira para conseguir su disminución.
Asimismo, las emociones también transmiten información que nos permite tomar conciencia de los sucesos que se encuentran ocurriendo, a nivel interno o externo, promoviendo la adaptación social y personal. Por ejemplo, recibir la información de tristeza, a través de la corporalidad de un amigo, permite la adecuación de nuestra comunicación dentro de la conversación, mostrar apoyo, entre otros.
Cabe señalar que, si bien el rol de las emociones es fundamental e inherente a la existencia humana, su activación no depende directamente de los eventos que ocurren en el exterior o interior de nosotros, sino que son precedidas por evaluaciones que realizamos de dichas ocurrencias y que, en ocasiones son tan automáticas que no somos conscientes de ellas.
Continuando el ejemplo del animal furioso, probablemente una interpretación como “ese animal está con rabia y si me muerde me mata” nos lleve a experimentar un miedo más intenso que si la interpretación ante el mismo hecho sería “ese animal furioso solo me atacará si le doy motivos; pero igual tengo que estar alerta”. En ambos casos la situación que propicia la activación es la misma; sin embargo, en la medida que interpretemos la situación su intensidad será más o menos alta.
Ahora bien, dicha intensidad emocional resulta muy importante, dado que la experimentación de las emociones no concluye con la preparación corporal o las sensaciones internas, sino que, conducen a la acción. En el mismo ejemplo de percibir a un animal furioso, probablemente la persona que interprete “ese animal está con rabia y si me muerde me mata” experimente un temor muy intenso que lo lleve a correr inmediatamente y, con ello, no percatarse de que se encuentra transitando un automóvil cerca, por lo que podría ser arremetido por este vehículo.
En cambio, quien interpreta “ese animal furioso solo me atacará si le doy motivos; pero igual tengo que estar alerta” tenderá a experimentar un miedo menos intenso y más controlado, lo que le permitirá evaluar diversas alternativas y percibir las ocurrencias en el exterior, por lo que difícilmente será arremetido por el vehículo que transita por la vía en ese momento.
En dicho sentido, si bien, las emociones tienen un rol fundamental para nuestra existencia, resulta indispensable su modulación, con la finalidad de actuar de modo concordante con nuestros objetivos y preservar nuestro bienestar personal.
En situaciones difíciles, críticas y límites, resulta notoriamente indispensable que nuestras emociones se encuentren gestionadas de modo adecuado; de lo contrario, nuestras acciones pueden agravar una ocurrencia que, por sí misma, ya es desventajosa, desagradable o incómoda. Po ejemplo, si un familiar padece de una descompensación y se desmaya delante nuestro, un temor muy intenso puede hacer inmanejable la situación, esto es, que quedemos paralizados y no prestemos apoyo, o que, en un afán de brindar apoyo, tomemos el automóvil y crucemos una luz roja del semáforo, deviniendo en un accidente de tránsito, entre otros.
En tal sentido, la gestión emocional efectiva requiere de un trabajo concienzudo y permanente de nuestras evaluaciones y, para ello, de acuerdo con el modelo del psicólogo Albert Ellis, fundador de la Terapia Racional Emotivo Conductual, resulta conveniente distinguir dichas evaluaciones en las categorías de racionales e irracionales, las cuales generan emociones sanas e insanas respectivamente, con sus consecuentes conductas constructivas y no constructivas.
Las evaluaciones racionales se caracterizan por tener una connotación preferencial, siendo que la persona toma conciencia de que no existe el derecho nuestro ni la obligación externa de provisión de todo lo deseable y evitación de todo lo desagradable. Pensamientos como “quisiera no haber perdido el trabajo”, “me encantaría haber continuado con mi pareja”, “desearía que mi hijo obedezca mis instrucciones” son algunos ejemplos que permitirán contar con emociones saludables. No obstante, las evaluaciones irracionales tienden a ser exigencias rígidas y demandantes, que no consideran otras opciones. Allí tenemos pensamientos como “no debería haber perdido el trabajo”, “mi pareja nunca debió dejarme”, “mi hijo debe obedecer todas mis instrucciones”, los cuales conllevan a mantener emociones no saludables y sufrimiento innecesario.
Las evaluaciones racionales son proporcionales con la situación ocurrida. Continuando con los ejemplos antes señalados, “No me gusta haber perdido el trabajo”, “que desagradable es encontrarme solo”, “me incomoda que mi hijo decida no obedecer a mis instrucciones”. Por su parte, las evaluaciones irracionales pueden expresarse con pensamientos como “que terrible haber perdido mi trabajo”, “no puedo soportar estar sin mi pareja”, “es horrible que mi hijo no me haga caso”.
Las evaluaciones racionales permiten conseguir nuestros objetivos, siendo que posibilitan la toma de acción apropiada, al contar con preferencias intensas, pero no demandantes. Por ejemplo, si deseo conseguir en un trabajo, me enfoco en buscar opciones y en potenciar mis habilidades personales o trabajar sobre mis áreas de mejora. Si mi objetivo es contar con una pareja, puedo evaluar mis tendencias de comportamiento y modificar lo conveniente o acudir por ayuda profesional. Si mi objetivo es desarrollar un buen rol como padre, puedo trabajar en mi cambio personal, buscar información o aleccionarme. Cuando las evaluaciones son irracionales, las demandas imperiosas solo conciben la opción de exigir lo que desea y con ello no hay lugar para una conducta adecuada que posibilite su adquisición o aceptación.
Las evaluaciones racionales son lógicas y se apoyan en datos de la realidad. Si me despidieron del trabajo puedo asumir que existen diversas variables asociadas, sea a nivel personal, del entorno, del jefe inmediato, del puesto u otros, considerando integralmente la situación o aceptando la posibilidad de una decisión inadecuada externa. Sin embargo, cuando existe una evaluación irracional y demandante, no admito que los hechos hayan ocurrido del modo que no deseo, catastrofizando la situación y obviando variables que permiten la comprensión y aceptación.
Es importante mencionar que al ser humano le resulta difícil realizar evaluaciones racionales inmediatas y automáticas, considerando que mantiene una tendencia innata hacia la evaluación irracional; razón por la que resulta indispensable conocer y practicar la técnica de identificación, debate y modificación de las evaluaciones, a efectos de conseguir emociones saludables que conlleven a conductas constructivas y que posibiliten el logro de los objetivos propuestos.
Una nueva filosofía de vida, basada en evaluaciones racionales de la realidad posibilitará la gestión de las emociones y conducción necesaria para las metas establecidas. El reto se encuentra en la práctica constante.
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